Blog cristiano: Pensamientos para la vida cotidiana

¿A quién pertenece el copyright de la creación?
Publicado el 11/03/2025
Hace más de un siglo, Henry Ford, el hombre que revolucionó la industria automotriz, se encontró en una situación bastante curiosa. Estaba en juicio, acusado de ignorante. Sí, el mismo Ford que diseñó el famoso Modelo T y perfeccionó la línea de ensamblaje, tenía que demostrar que no era un simple aficionado con suerte.
En un momento memorable —al menos, según algunas dramatizaciones cinematográficas— el abogado del periódico que lo difamó intentó ridiculizarlo con preguntas de cultura general. Con la clara intención de exponerlo como un hombre sin educación, lanzó una serie de interrogantes diseñadas para hacerlo quedar en ridículo. Sin embargo, Ford, con la calma de quien sabe que sus logros hablan por sí mismos, respondió con una reflexión contundente:
“¿Creen ustedes que un pobre ignorante se tropezó en un desguace y accidentalmente inventó el automóvil propulsado por el motor de combustión interna? Si piensan eso, les sugiero que intenten hacer uno ustedes mismos y lo compararemos con mi creación y veremos cuál parece haber sido fabricado por un hombre ignorante incapaz de pensar.”
Fin del debate.
Lo que Ford estaba diciendo era obvio: un motor de combustión no aparece por casualidad, no es el resultado de piezas aleatorias cayendo en su lugar perfecto después de una explosión. Detrás de cada máquina funcional hay un diseño, y detrás de cada diseño hay una mente pensante.
¿Y qué pasa con la creación?
Si algo tan “sencillo” como un motor de combustión interna necesita de ingeniería y planificación, ¿qué decir del mundo natural? Tomemos el caso de los helicópteros y las libélulas.
A menudo se dice que los helicópteros están inspirados en las libélulas... pero, para ser sinceros, es como decir que un triciclo está inspirado en un Ferrari. La realidad es que los helicópteros apenas han arañado la superficie de la sofisticación de estas criaturas.
Las libélulas son auténticas maravillas del aire: pueden despegar en un instante, alcanzar velocidades de hasta 50 km/h, hacer giros cerrados con precisión quirúrgica y, lo más impresionante, volar hacia atrás. Hasta el helicóptero más avanzado envidiaría estas habilidades.
Pero no es solo su vuelo. Sus ojos, con hasta 30.000 lentes, les permiten una visión de casi 360º, detectando hasta el más mínimo movimiento. Y si eso no es suficiente, su cerebro es un auténtico procesador de alta gama: en apenas 50 milisegundos, calcula la trayectoria exacta de su presa y predice su próximo movimiento con una precisión letal. Su tasa de éxito como depredadores es del 95%, algo que ni los cazas militares pueden igualar.
Si los helicópteros tuvieran la mitad de estas habilidades... bueno, la aviación sería otra historia.
¿Otros ejemplos de diseño supremo?
Pero las libélulas no son la única muestra de que la creación supera con creces la capacidad humana de diseñar. Aquí van algunos ejemplos que nos recuerdan que hay un Ingeniero Superior detrás de todo esto:
El ojo humano: Ninguna cámara ha podido igualar su capacidad de enfoque instantáneo, su rango dinámico o su adaptación a la luz y la oscuridad.
Las alas de las aves: A pesar de siglos de ingeniería aeronáutica, la forma en que los pájaros ajustan sus plumas para volar con una eficiencia increíble sigue asombrando a los científicos.
Las telas de araña: Más resistentes que el acero y más flexibles que el nailon, son un material con propiedades que aún intentamos replicar en laboratorios.
Los delfines y el sonar: Nuestros sistemas de detección submarina están inspirados en la ecolocalización de los delfines, pero todavía están lejos de alcanzar su precisión.
La lista podría seguir, pero la pregunta es inevitable: ¿a quién pertenece el copyright de la creación?
Si una obra de arte tiene un autor y un invento tiene una patente, ¿cómo podemos mirar el universo con su complejidad y equilibrio y decir que “simplemente pasó”, que está ahí por casualidad?
Después de todo, lo más razonable es lo que dice la misma Biblia:
(Ro 1:20) “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.”
Así que la próxima vez que alguien te diga que la vida es solo producto del azar, invítalo a construir un helicóptero con las habilidades de una libélula. Si logra hacerlo sin diseño ni planificación... quizás valga la pena escucharlo.
Luis de Miguel