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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 4

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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La solidaridad le llevó a la meta

La solidaridad humana, además de ser un valor cívico, es también la única que permitirá la reivindicación y redención del mundo, o sea, los cambios sociales que muchos esperan, pero esa solidaridad social debemos practicarla nosotros y no esperar que otros sean solidarios con nosotros. Debemos enseñar la solidaridad siendo solidarios, incluso con los que no saben serlo.

Todos los hombres somos hermanos, sin distinción de clases sociales, razas ni religiones. Por eso deberíamos comportarnos fraternalmente los unos con los otros, amarnos, ayudarnos y respetarnos. La fraternidad está en la esencia del ser humano y en ella están implícitas la unión, la concordia y la paz entre los hombres.

Los solidarios son gente especial, son entusiastas, firmes, leales, generosos, compasivos, fraternales. Al amar compartimos, al compartir nos entendemos, al entendernos somos felices.

Debemos solidarizarnos con los pobres, los enfermos, los desviados, los secuestrados y los desplazados. Nadie ha sido creado para uno mismo; a todos nos ha impuesto Dios obligaciones para con el prójimo.

Claro está que cada cual es para sí mismo el prójimo más próximo y está obligado a cuidarse a sí mismo, a fin de que no se convierta voluntariamente en carga para los demás. Pero esto no es suficiente para justificar nuestra presencia en el mundo; nadie vive solamente como individuo y dueño absoluto de sí mismo, sino que está enlazado con toda la especie.

Hace algunos años, en las olimpiadas para personas discapacitadas de Seattle, también llamadas "Juegos Paralímpicos", nueve participantes (todos con discapacidad mental) se alinearon para tomar la salida en la carrera de los cien metros lisos.

A la señal, todos partieron, no exactamente disparados, pero con deseos de dar lo mejor de sí, terminar la carrera y ganar el premio. Todos, excepto un muchacho, que tropezó en la pista, cayó y rodando comenzó a llorar.

Los otros corredores escucharon el llanto, disminuyeron el paso y miraron atrás. Vieron al muchacho en el suelo y regresaron... ¡Todos!

Una de las muchachas, con síndrome de Dawn se arrodilló, le dio un beso y le dijo: "Levántate, y ahora vas a ganar". Y todos, los nueve competidores entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea de meta.

El estadio entero se puso de pie y en ese momento no había un solo par de ojos secos. Los aplausos duraron largos minutos, las personas que estaban allí aquel día repiten y repiten esa historia hasta hoy.

¿Por qué...? Porque en el fondo todos sabemos que lo que importa en esta vida más que ganar, es ayudar a los demás a vencer, aunque ello signifique disminuir el paso o cambiar el rumbo. Porque el verdadero sentido de esta vida es que... todos juntos ganemos.

Cada día me convenzo de tres cosas: Una: que el hermano apoyado en su hermano, es más fuerte que cualquier fortaleza. Dos: que nunca aparece tan grande el fuerte, como cuando ayuda al débil. Y tres: que la mejor forma de llegar a las cumbres de la vida es ayudado a los demás a llegar a sus propias mesetas.

Cuando dos o más personas se unen y colaboran mutuamente para conseguir un fin común, hablamos de solidaridad. La solidaridad es un valor de gran trascendencia para el género humano, pues gracias a ella no sólo ha alcanzado los más altos grados de civilización y desarrollo tecnológico a lo largo de su historia, sino que ha logrado sobrevivir y salir adelante después de los más terribles desastres (guerras, pestes, incendios, terremotos, inundaciones, etc.) Es tan grande el poder de la solidaridad, que cuando la ponemos en práctica nos hacemos inmensamente fuertes y podemos asumir sin temor los más grandes desafíos, al tiempo que resistimos con firmeza los embates de la adversidad.

La solidaridad, cuando persigue una causa noble y justa (porque los hombres también se pueden unir para hacer daño) cambia el mundo, lo hace mejor, más habitable y más digno.

La solidaridad es un principio universal que el hombre formó para vivir en sociedad. Sin embargo este concepto, al igual que otros que tocan la convivencia, se ha venido resquebrajando, hasta tal punto que la insensibilidad nos escandaliza.

Ya es hora de dejar atrás los tiempos de soledad, y empezar los de la solidaridad. No creas que es difícil seguir este consejo. Sólo consiste en disponer la mente en la actitud adecuada y recibir gracia de Dios para hacerlo. No es bueno decir: "Mi vida es mi vida y hago lo que quiero". En la vida y el hogar, hay que dar para recibir. Aprende a dar recibirás.

Te recomendamos que leas la Biblia y descubrirás que: "EL HERMANO APOYADO EN SU HERMANO, ES MÁS FUERTE QUE CUALQUIER FORTALEZA"