Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 5
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

¿Por qué caí yo en las drogas?
Para llenar los vacíos, para "mirar hacia otro lado" y satisfacer curiosidades o mirar al grupo al que pertenezco; para rebelarme contra lo que me rodea o enfrentarme a padres que no son mi mejor modelo. Para eso me acerco a experimentar con drogas. Sin calcular ni sopesar las posibles consecuencias.
Cada generación de este país ha recurrido, de una u otra manera, a la evasión mediante aquello que tenía al alcance o estaba dentro de sus posibilidades. Y ha sido el alcohol el elemento evasivo principal, llegando a formar parte de la historia de esta nación.
En 1975 ya se consumían las denominadas "drogas blandas" (hachís y marihuana), pero no será hasta la afirmación de la democracia, que nos invada toda una suerte de influjos ideológicos, de bibliografía y discografía, así como la determinante afluencia de personas extranjeras que traerán a este país, antaño cerrado y obsoleto, todas las opciones posibles, hasta ese momento prohibidas o sujetas al tamiz de la censura del régimen.
Junto a los movimientos de protesta o reivindicativos, ya se escucha el eco de sustancias psicotrópicas; con el "despertar" social se duermen muchas conciencias y tenemos al alcance ya las llamadas "drogas duras": cocaína, heroína, LSD, anfetaminas, etc.
El desconocimiento y la ausencia de casuística, llevan a una gran parte de la juventud a caer en profundas dependencias ("enganche") y a cometer delitos de toda índole con tal de acceder a la dosis necesaria. Las cárceles y los juzgados, los centros de rehabilitación y los cementerios padecen hacinamiento y sobrecarga. Somos superados por las devastadoras consecuencias del consumo de drogas.
En todo este devenir se van dando situaciones susceptibles de análisis. Por un lado, quienes aseveran de forma radical que son consumidores y consumidoras porque la vida y las propias vivencias personales no les estimulan a algo mejor (o bien porque el ambiente en que se han criado forma parte del amplio concepto de marginalidad); por otro, quienes de aparente forma sutil, aseguran que no tienen dependencia y que sólo consumen de forma esporádica en eventos ocasionales.
Las dos posiciones analizadas superficialmente tienen un mismo final de trayecto: cárcel, enfermedad o muerte.
En esta época de desbordante contemporización, las drogas de diseño, las más sofisticadas fórmulas elaboradas en laboratorios clandestinos, mezclan opiáceos con anfetaminas, LSD con cocaína, excitantes con relajantes y combinaciones de alto riesgo para el corazón y el cerebro. Son auténticas bombas de relojería.
Así que empezamos experimentando, continuamos disfrutando y finalizamos dependiendo. Buscamos de forma alocada el dinero suficiente para calmar las ansias; una vez calmadas necesitamos más para obtener cierto "placer" y, una vez alcanzado éste, nos acordamos de que mañana sale de nuevo el sol y que vamos a precisar más: hemos caído. Y para caer sólo fue necesario empezar.
Miles de personas han muerto y están muriendo hoy mismo por causa de las drogas y otras miles aún cumplen condena o están por ingresar en prisión.
Muchas familias sufren de modo indirecto las consecuencias de seres queridos que cayeron en la trampa.
Miles de niños y de niñas se están criando sin sus progenitores, bien porque ya no están o porque la cárcel les retiene.
Algunos centros de rehabilitación, en su mayoría evangélicos y gratuitos (Betel, Remar y Reto, principalmente), acogen personas adictas para ayudarles a recuperar el sentido de sus vidas y a desechar el consumo.
Porque la propia sociedad, a través de sus ciudadanos y ciudadanas, es la que más juzga a quienes caen; excepto cuando les toca en "sus propias carnes"; entonces sí recuerdan que deben apoyar y no juzgar.
Gracias que Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido; si no, este texto hoy no estaría ante tus ojos. Porque yo fui una persona drogadicta.
"Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido" (Lucas 19:10)