Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 6
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Metamorfosis
El término metamorfosis es un vocablo proveniente del griego, compuesto de "meta" (que significa cambio o alteración) y "morfe" (forma), y se empleó desde muy antiguo para dar nombre al proceso por el cual un animal iba transformándose a lo largo de su vida a través de diversas etapas.
Al pensar en este artículo, mis recuerdos de infancia me llevaron a mi primer encuentro con la metamorfosis que guardaba en mi mente; la de aquella caja de zapatos en la que, año tras año, guardaba los huevos de las mariposas de los gusanos de seda, que éstas habían dejado en las paredes de lo que por unos meses fue su hábitat, la caja de mis zapatos "Gorila" del cole.
Al llegar la primavera, había que estar muy atento; cuando las moreras que había plantadas en la plaza detrás del colegio, empezaban a llenarse de hojas, había que mirar la caja de zapatos, porque aquellos pequeñísimos huevos (como cabezas de alfileres) empezaban a romperse y a dejar salir unos insignificantes gusanillos negros y peludos, a los que había que procurar alimento de inmediato, disputándonos entre los niños del cole y el vecindario los brotes tiernos del árbol de las moras.
Recordé que Don Federico, "el maestro", (entonces había un único profesor para todas las materias), nos contaba cómo se producía el milagro de la metamorfosis; y yo, que aún no había hecho la primera comunión, pero que ya tenía bastante conciencia de Dios, me admiraba de la sorprendente sincronía primavera-hojas de morera-gusanos de seda, que Dios había dispuesto como una combinación perfecta, para que esos pequeños animalitos, que hacían la delicia de los niños, siguieran existiendo.
Don Federico nos contaba cómo ya a los tres o cuatro días de nacer se producía la primera muda de piel y un cambio en las mandíbulas, y cómo a los pocos días se producía el segundo cambio de piel, por otra más dura y suave a la vez. Ese proceso era doloroso, porque el pequeño gusano para romper la piel anterior, debía fijarse a algún sitio y desde allí, a fuerza de tirones suavizados por un líquido blanquecino, que había entre las dos pieles y muchos empujones, irse deshaciendo de su anterior cuerpo.
En el tercer cambio, las mandíbulas se volvían marrones y empezaban a distinguirse las hembras de los machos, que eran más pequeños. Durante la cuarta y la quinta etapa (en la que ya se distinguía una nariz negra muy prominente), los gusanos de seda solamente pensaban en comer hojas de morera, pues ello les permitía ir llenando su abdomen del líquido que durante la quinta etapa les ayudaría a segregar la seda con la que harían el capullo.
En la sexta etapa el gusano de seda había dejado de comer y su cuello cambiaba de color haciéndose mucho más flexible, mientras una orden interna le empujaba a irse envolviendo en capas y capas de seda (con un solo hilo de casi un Kilómetro de largo) girando sobre sí mismo, dándole al capullo una forma de huevo suave y resistente a la vez.
Pero dentro del capullo se producían dos transformaciones más. Los órganos y las mandíbulas se agrandaban y se convertía en una especie de momia llamada "ninfa" o "crisálida" cubierta al principio por una piel blanda que en la siguiente fase se iba endureciendo, mientras se distinguían ya los grandes ojos y las alas de lo que sería la futura mariposa.
Finalmente, tras un periodo de entre un mes y medio y dos meses, la metamorfosis se había completado, y el gusano, ya convertido en mariposa abría el capullo por una de las puntas, para salir al exterior, tras una titánica lucha por dejar atrás su pesado traje, mientras que a base de empujones iba haciendo que sus alas se fueran desplegando, saliendo finalmente a la vida nueva. Una vida corta (entre 3 y 7 días) en los que se dedicará a buscar pareja para procrear y dejar tras sí una nueva generación de huevos, que en la primavera siguiente repetirían el ciclo.
Todo esto, aparte de servirnos de recordatorio de la clase de Naturales de la época, nos lleva a ver la necesidad de cambio que todos tenemos en nuestra vida, esencialmente si queremos llegar a ser aquello para lo que estamos en ella.
En muchas ocasiones, los cambios son abruptos, inesperados; otras veces son dolorosos, para poder dejar atrás los sucesivos envoltorios, que han formado la persona que somos ahora; pero siempre, siempre, son necesarios, porque sin cambios internos nunca seremos personas nuevas.
El Cristianismo abunda mucho en esos procesos transformadores; tal es así que, uno de los grandes escritores del Nuevo Testamento, el apóstol Pablo, escribía a los cristianos de Roma, empleando el término "metamorfosis" del que estamos hablando para hablarles del cambio interior en la mente:
"No os conforméis a este mundo; más bien, transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, de modo que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2)