Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 7
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

En casa del alfarero
Aquella mañana, mientras hablaba con Dios (como solía hacer cada día), el joven Jeremías sintió un profundo impulso de dirigirse a la casa de Joseph, el alfarero del lugar y, obediente (como siempre hacía cuando sentía esos impulsos que sabía que no eran suyos) dirigió sus pasos hacia la alfarería.
El sol ya estaba secando los diferentes cuencos de barro que desde muy temprano había estado haciendo Joseph, un reputado artesano de toda la región y el más antiguo de la ciudad por sus finos trabajos con el barro.
Al acercarse, Jeremías escuchó el ruido del torno y el rítmico sonido de la correa deslizándose sobre el gastado eje, junto con el silbido de Joseph, mientras con un golpetazo colocaba un nuevo taco de barro en el centro de la rueda.
Por doquier, dentro del taller, había infinidad de vasijas de formas y características diferentes, cada una de ellas destinada a un uso distinto, pero en todas ellas se podía descubrir ese buen hacer del maestro del barro. Jeremías, saludando a Joseph con una respetuosa zalema empezó a observar atentamente como las encallecidas manos del viejo alfarero empezaban a dar forma a una nueva vasija.
Mojando sus manos constantemente en agua clara, el alfarero movía sus dedos hacia dentro y hacia fuera de aquel informe tocho de barro rojo, mientras el jovencito veía asombrado como de aquella deformada masa empezaba a surgir un nuevo cuenco.
Cada toque del anciano y el mover de la rueda iba embelleciendo y perfilando el nuevo cacharro. Metiendo su mano en lo profundo del barro y formando con sus manos mojadas algo semejante a una bola, le hizo el hueco al sencillo cuenco, mientras que el jovencito pensaba en lo apreciada que sería aquella vasija una vez terminada. Entre cálidos silbidos moldeaba y modificaba la húmeda masa y con la destreza de un experto y la curvatura de su propio dedo, empezó a hacerle un borde curvado alrededor de toda la pieza.
De repente, la vasija, que Jeremías observaba fijamente empezó a deformarse desbaratándose como si se estuviera derritiendo al calor de un fuego inexistente, y el alfarero, con una muesca de resignación, tuvo que terminar de deshacerla con sus propias manos, tanteando entre el barro hasta encontrar la razón de aquella complicación en su rutinario trabajo. Tocó todo el barro sin dejar de mojarse las manos hasta que por fin, sacando un pequeño guijarro se lo mostró a Jeremías mientras le decía: "Era una pequeña piedra".
La cara del jovencito debió indicarle a Joseph su desencanto al ver como algo que se apuntaba como tan hermoso se había desecho en apenas unos segundo. El alfarero, sonriendo le dijo a Jeremías: "No te preocupes, esto es normal. A veces el barro trae piedras y termina rompiendo la vasija, pero lo amasamos de nuevo, lo limpiamos, empezamos nuevamente y al final hacemos una vasija nueva, aún mejor que la que teníamos ya casi lista".
Entonces, como por arte de magia, en un instante las avezadas manos del alfarero reorganizaron el barro y con una rapidez y una pericia asombrosas, de aquella deformada masa (que Jeremías intuía ya como desechable e inútil) surgió la más bella vasija que el joven Jeremías había visto nunca.
Cortándola con una cuerda y separándola del resto de la masa, el bondadoso alfarero la levantó de la rueda y con una sonrisa cómplice le dijo a Jeremías: "¿La quieres? Es tuya", y el joven con sumo cuidado la tomó entre sus manos y haciendo nuevamente la reverencia al anciano artesano, marchó feliz para su casa, habiendo aprendido una lección que ya nunca olvidaría.
Esta historia se recoge en la Biblia, en el libro del profeta Jeremías capítulo 18.
Muchas veces, nosotros somos como esas vasijas que se rompen porque pequeños o grandes inconvenientes con los que nos cruzamos en nuestra vida nos convierten en frágiles recipientes, que terminamos por quebrarnos y hacernos inservibles para nosotros mismos y para los demás.
Sin embargo, cuando dejamos que el mejor Artesano del mundo meta sus manos en nuestro barro, quite aquello que nos hace quebradizos e inútiles, nos limpie, nos vuelva a colocar en Su rueda y comience nuevamente a hacer de nosotros un vaso nuevo, el resultado final será glorioso, porque Dios hace las cosas bien hechas y completa la obra que ha empezado.