Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 2
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

¿De quién fue la culpa?
¡Dios no existe! Si Dios existiera, ¿Cómo podría permitir que un joven empezando a vivir, haya muerto así? ¡Acababa de cumplir 18 años! Las desesperadas palabras de aquel atormentado padre al recibir a sus amigos y familiares en el tanatorio donde descansaban los restos de su hijo, no tenían una respuesta sencilla en esos momentos; sólo se podía estar a su lado y apoyar a aquella destrozada familia.
Durante la larga noche del velatorio, mientras acompañábamos a nuestros amigos, la información no paraba de llegarnos. Una información que nos iba completando un cuadro complejo de la realidad, de la que algunos parecía querer escapar. Así, supimos que Miguel, un próspero empresario venido a más en los últimos tiempos, había regalado a Jorge, su hijo, un coche rojo deportivo con muchas válvulas y un fastuoso equipo de sonido, para celebrar su mayoría de edad, a pesar de que Jorge apenas tenía un mes y medio de carnet.
Descubrimos que las relaciones entre Jorge y sus padres no pasaban por el mejor momento. Que no quería estudiar y había suspendido cinco asignaturas y que, últimamente, frecuentaba algunas compañías, no demasiado saludables. No obstante, Miguel se jactaba de que su hijo vestía de las mejores marcas, y que nunca le faltaban en el bolsillo 100 euros para salir de marcha con sus amigos. Alguno de los presentes en el tanatorio, indicaba quedamente que esa era la forma en que el padre quería ganarse a su hijo, dándole todo lo que éste quería, compensándole así por la falta de tiempo que le dedicaba debido a su mucha ocupación en el negocio de restauración que dirigía.
De los tres amigos que iban con Jorge en el coche, uno se encontraba todavía en la UCI; otro sufría politraumatismo y su pronóstico era reservado, y el que había salido del coche por su propio pie (el único que llevaba puesto el cinturón), con algunos rasguños y manchado de sangre de sus compañeros, llegó al cementerio con un profundo ataque de nervios; sin parar de fumar y casi escondiéndose entre un grupo de muchachos amigos del malogrado Jorge, que habían venido a dar sus condolencias a la familia.
Poco a poco, mientras la noche avanzaba, se iba completando la perspectiva de lo que había sucedido. Entre los jóvenes comentaban que iban "puestos" de todo, y que Jorge, que ya llevaba dos noches sin dormir, quería enseñarles a todos los últimos avances que traía su flamante bólido.
Un descuido en la carretera al tomar una curva peligrosa a más velocidad de la recomendada, mientras se dirigían a Puerto Marina para seguir la juerga de dos días, les había hecho saltar la mediana y empotrarse contra una pared de hormigón del otro carril.
Recomponiendo todo lo que estaba viendo, me puse a reflexionar sobre cómo el ser humano (como había sido el caso de Miguel), no se acuerda nunca de Dios, ni es agradecido con Él cuando todo marcha bien, pero con qué facilidad nos volvemos contra Él culpándole de todo lo malo que nos sucede, como si Él fuera el culpable de todas nuestras desgracias, aunque Él no haya intervenido en las mismas.
Construimos coches superpotentes que no podemos ni sabemos controlar y los ponemos en las inexpertas manos de nuestro jóvenes, que imbuidos de su sensación de libertad y de ser ya "mayores" se saltan las más elementales normas de civismo y de circulación. En este caso debemos sopesar además, qué hubiera pasado si al saltarse la mediana hubieran chocado con un conductor que iba confiado por su carril, conduciendo correctamente.
Algunos de nuestros jóvenes, como el Jorge del que hablamos, se pasan el fin de semana sin dormir, a base de estimulantes artificiales que les mantengan despiertos y cargados de energía, y nosotros les llenamos el bolsillo de dinero, creyendo que así los acercaremos más a nosotros, cuando en realidad los estamos metiendo, inconscientemente y con nuestras mejores intenciones, en una espiral de la que después es muy difícil que salgan.
Por supuesto que no podemos ni debemos dar respuestas fáciles a problemas difíciles, pero en este caso, como en muchos otros, mi conclusión fue muy clara: Dios no es el culpable de muchos de los males en los que nosotros, en aras de nuestra independencia personal, nos metemos; como tampoco es culpable de las miles de muertes que una parte del planeta infringe a la otra, y que no es provocada ni más ni menos que por el egoísmo y la dominación de unos seres humanos sobre otros, con dos motivaciones básicas, móviles económicos o aspiraciones de poder sobre otros.
En el caso concreto de Jorge, el joven de 18 años recién cumplidos que murió por un exceso de velocidad, de alcohol y la ingesta de algunas pastillas, tras muchas horas sin pasar por su casa ni descansar, cabría preguntarse: ¿Quiénes y cuántos son los responsables del dramático final? Yo, desde luego sé y puedo afirmar con un claro conocimiento de causa, que quien no fue culpable es el Único a quien desgraciadamente se le echa la culpa en muchas ocasiones de todos los males de la vida, aunque muchos de ellos son consecuencia directa de nuestros propios actos.