Saltar al contenido

Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 5

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Imagen del artículo

Atrapado en la red

No hablo ni de la canción que popularizó el grupo musical "Tam Tam Go" en los 90, ni tampoco de la famosa película en la que Sandra Bullock y Jeremy Northan sufrían el acoso y la manipulación gubernamental a través de la "Red de redes", la Internet, sino que hablo de mi propia experiencia.

Para mí fue un día feliz cuando, hace ocho años ya, ¡y parece que fue ayer!, tuve Internet en mi casa. Ahora ya era parte de esa multitud de privilegiados que teníamos un espacio común, o mejor dicho, un ciberespacio abierto a todos.

Como persona de rectos principios morales, me propuse solamente usar Internet para encontrar recursos académicos e información cultural para mi trabajo, pero poco sospechaba yo que la red te atrapa sin darte cuenta y luego no puedes escapar fácilmente de ella, y mucho menos por ti mismo.

Al principio fueron sólo aquellas páginas no solicitadas que se te abrían sorpresivamente, y en las que te aparecía lo más descarnado de la sexualidad humana. Yo las cerraba de inmediato, pero no podía sacar ni de mi mente ni de mi retina lo que había visto, y me fui enganchando en ellas...

Después vinieron los "chats" con mujeres que te lo ofrecían todo "sin compromiso" y así, lentamente, fui cayendo en un negro túnel que ha estado a punto de costarme, hasta hace un año, no solamente mi matrimonio, sino mi propia familia y mi integridad como persona.

Psicólogos, psiquiatras, terapeutas familiares y muchos otros profesionales han sido compañeros de mi oscuro viaje en los últimos cuatro años, con escaso éxito en mi recuperación y superación de esto que ahora reconozco como una adicción pero que empezó siendo sencillamente una evasión.

A pesar de mi estricta moral católica, yo leía muy poco la Biblia; pero hace poco más de un año, un compañero y buen amigo del trabajo (al que secretamente siempre he admirado por su coherencia como persona y como compañero), se presentó en mi casa con un extraño regalo que recibí con cariño, pero que dejé en una de las estanterías de la salita. Era una Biblia muy bien encuadernada.

Una noche, sobre las 4 de la mañana, después de haber inundado mi mente de pornografía, no sé cómo ni por qué, la tomé en mis manos y la abrí buscando algún evangelio (era lo que más recordaba de la catequesis) y empecé a leer por el capítulo siete de San Juan.

Allí descubrí la invitación de Jesús a que los que tuviéramos sed, fuéramos a beber de él (Juan 7:37-38), y algo más adelante, me topé con "la receta" para ser completamente libre (Juan 8:36).

Seguí leyendo largo rato y, allí mismo, en la soledad de la noche (con mi esposa y mi hija durmiendo en sus cuartos), le pedí a Dios que me hiciera libre, y en aquel mismo instante algo extraño se produjo en mí que me llenó de alegría, y una sensación de paz ocupó mi mente y la semioscura salita en la que mi iluminado ordenador era, hasta entonces, mi único refugio.

Desde aquel día muchas cosas han cambiado, me siento otro. He seguido leyendo aquel libro casi olvidado para mí que tanto bien me reporta, y con la ayuda de Dios he sido liberado de la terrible red en la que estaba atrapado. Ahora, ya no le tengo miedo a la arroba del teclado de mi ordenador.