Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 7
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

¡Nueva criatura!
María era una persona a la que la vida no había tratado demasiado bien. Su padre murió cuando apenas tenía 9 años. La soledad que aquello le produjo y las preguntas que le cruzaron la mente, la hicieron una niña difícil y altamente desconfiada.
Cuando su madre se casó por segunda vez, siempre se sintió despreciada por su padrastro y olvidada por su madre que se dedicó en cuerpo y alma a los dos mellizos que nacieron, como si ella no contase ya para nadie. ¡Cuánto echaba de menos a aquel padre tan atento que la llevaba de paseo y le contaba cuentos antes de dormirse.
Sus primeros escarceos amorosos fueron un desastre que la dejarían marcada para siempre. Ella buscaba amor y solo encontraba sexo, por lo que ese sentimiento de vacío se iba haciendo más y más profundo. A los 18 años se fue de casa, mudándose a un edificio de "ocupas" en los alrededores de Legazpi. Allí convivió con muchos jóvenes descontentos e inconformistas como ella, pero siguió vacío el hueco que había en su corazón. Entró en las drogas y también se dio al alcohol, yendo al mismo tiempo detrás de unos y de otros buscando alguien que le diese calor. Se abandonó físicamente, de tal manera que quien la veía a sus 26 años, no le echaba menos que a cualquier mujer de 40 muy gastada por la vida.
Un día, en la boca de un metro, una chica sonriente le entregó un folleto que decía "¿Sabes que Dios te ama?". Lo cogió medio atontolinada por el efecto de las cervezas y las pastillas que había consumido y en medio de su escasa lucidez lo leyó, mientras se preguntaba: "Si Dios me ama, ¿Dónde estaba cuando murió mi padre o mi padrastro me maltrataba? ¿Dónde estaba cuando yo buscaba amor y nadie me lo daba? ¿Por qué no me guardó de caer en esta porquería de las drogas que ahora me tienen amarrada?".
Sentada en el metro, con su facha desarrapada, María no podía dejar de pensar en lo que decía aquel folleto en el que al final se invitaba a hablar con Dios. Al salir del metro se sentó en un banco y medio aturdida todavía levantó los ojos hacia arriba y preguntó en voz alta: "¿Dónde estás?" Ninguno de los viandantes que pasaban le contestó, pero muy dentro de su mente o en el fondo de su corazón escuchó una suave voz que le respondía: "Siempre he estado aquí, cerca tuya, esperando que me llamaras y me dieras la oportunidad de mostrarte mi amor. Te amo y quiero que seas mi hija".
El corazón de María parecía que le iba a estallar. Nunca se había planteado que Dios existiese y sin embargo, ahora se daba cuenta que aquella voz que oía en su interior no era ella misma dándose respuestas a su búsqueda de amor. Sus ojos se llenaron de lágrimas y con sinceridad dijo en voz baja "Sí, quiero que me ames". Entonces sintió como unas manos invisibles la rodeaban y una sensación de protección y de cariño se adueñaban de ella, y allí siguió en aquel banco, a solas con Él, disfrutando de su encuentro.
Durante tres días, María se notaba distinta. Había repetido su experiencia varias veces y cada vez el encuentro era más especial, así que, decidió volver a la boca del Metro para ver si encontraba a la chica que le había entregado aquel papel que la había cambiado tanto. Dos días estuvo rondando el Metro, hasta que al tercer día vio a un grupo de jóvenes repartiendo aquellas hojillas y se dirigió a ellos. Entre ellos también estaba Beatriz, la chica que se lo había dado a ella.
María le contó todo lo que le había pasado y Beatriz le explicó que aquello era un encuentro con Jesús, así que, abrazándola le dijo: "Ahora eres mi hermana, tenemos mucho de lo que hablar".
Tres años han pasado desde que María tuvo su primer encuentro con Jesús y ahora, ya limpia de todo lo que no le llenaba, es una nueva persona. Su familia, sus amigos, todos los que la conocieron antes le dicen: "María pareces otra" a lo que ella contesta con una amplia sonrisa: "Es que soy otra, soy una nueva criatura y ahora conozco que Dios me ama".