Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 10
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

La mayor transfusión de sangre de la historia
Era una calurosa tarde del mes de Agosto de 1974. Un hermano y yo visitábamos, casa por casa, los bloques del Paseo de Teruel de Zaragoza invitando a los vecinos a que nos visitaran en nuestras reuniones y se dieran cuenta que los evangélicos no éramos gente extraña en ningún sentido; pero en casi todos los hogares la respuesta era la misma, no tenían interés en conocernos ni por supuesto, hablar siquiera de la Palabra de Dios.
Para nuestra sorpresa, en una casa nos recibieron admirablemente bien. Un matrimonio de unos treinta y tantos años nos abrió la puerta y amablemente nos hicieron pasar al salón, donde un enorme ventilador refrescaba la bochornosa tarde aragonesa.
Tras servirnos una limonada fría que Pili (así la llamaba su marido) había preparado y que agradecimos mucho, Pilar y José se sentaron con nosotros, dispuestos a escucharnos, o al menos eso creíamos nosotros; pero, una vez situados en el cómodo sofá nos descubrieron que ellos eran "testigos de Jehová" y que sabían lo difícil que era que les dejasen pasar a una casa, así que, al vernos, se habían solidarizado con nosotros y querían que nos sintiésemos bien atendidos.
Por largo rato (dado nuestro interés por la Escritura) hablamos de la Biblia y de las diferencias doctrinales entre su grupo religioso y los evangélicos, comparando pasajes bíblicos y respondiendo a sus inquietudes sobre la Divinidad de Jesús y otros diversos temas.
De pronto, Pilar, con una actitud algo agresiva nos dijo: "Vale, vale, todo eso puede ser verdad, ¡pero seguro que dejaríais que os pusieran una transfusión de sangre! Sin dudarlo, le dijimos que sí (sin entender por qué unas personas que habían sido tan amables hasta entonces se mostraban con aquella actitud tan fuera de lugar), y empezamos a ver en la Biblia lo que las Escrituras decían sobre la sangre.
Llegados a un punto en la charla en el que Pilar y José se sentían entre la espada y la pared, insistiendo una y otra vez en que la sangre era la vida y que nadie podía dar la vida a otra persona, les leímos el texto del evangelio de San Juan en el que Jesús les dijo a sus discípulos: "Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15:13) y se nos ocurrió comparar la sangre de Jesús con su vida (una analogía que ellos llevaban haciendo por largo rato), indicándoles que nosotros éramos hijos de Dios por la mayor transfusión de sangre de la Historia, la que Jesús derramó por todos nosotros para limpiarnos de todos nuestros pecados. Así seguimos largo rato...
Súbitamente, la cara de Pilar (que se había mostrado hasta entonces como una persona alegre y vitalista) se ensombreció y con lágrimas en los ojos y un deje de tristeza resignada, mirando a su marido le dijo: "Pepe, hemos dejado morir a nuestro Santi sin ninguna razón".
El momento que vivimos entonces, fue uno de los más dramáticos que recuerdo. Un matrimonio abrazado, sollozando desconsolados, mientras que en medio de entrecortadas frases nos explicaban que hacía menos de un año, su pequeño Santiago (de once años) fue atropellado por un coche y falleció porque ellos se negaron a permitir que le pusiesen las transfusiones de sangre que precisaba...
Como pudimos (porque la situación no era fácil), intentamos consolarlos y sin querer profundizar más en su dolor ni en el desengaño religioso que estaban experimentando en ese momento, les pedimos que nos permitieran orar con ellos delante del Señor, algo a lo que al principio se resistieron, pero que luego nos dejaron hacer. Quebrantados, como estaban, sólo se les podía mostrar una actitud de respeto, ofreciéndoles la posibilidad de seguir visitándolos para llevarles algo de paz a aquellos atribulados corazones.
Pensando en estos días en las palabras de Jesús "que uno ponga su vida por sus amigos" me venía a la mente aquél episodio trágico vivido hace ya varias décadas, y daba gracias a Dios no solamente por sentirme libre para donar y recibir sangre, en una especie de intercambio de vida, sino por poder entender que hoy tengo una vida nueva, porque un inocente, Jesús, el Hijo de Dios, derramó hasta la última gota de su sangre para darme vida eterna y perdonar mis pecados pasados.