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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 3

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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Una historia sobre metas y escalas de valores

Un poderoso banquero llegó a un muelle de un pequeño pueblo costero, y allí se encontró una barca con su dueño, que era un pescador. Dentro del bote había algunos peces de considerable tamaño. Observando la magnífica pesca que había conseguido, el banquero inició una conversación con su desconocido interlocutor.

- Esos peces son unos magníficos ejemplares - alabó el banquero. - Gracias - contestó el pescador. - ¿Cuánto tiempo ha invertido en esa pesca? - No demasiado tiempo, apenas un rato. - ¿Por qué no se queda más tiempo y así consigue más peces? - Bueno, esto es más que suficiente para mis necesidades y las de mi familia.

Sorprendido por la respuesta, el banquero siguió interesándose por la forma de vida del sencillo pescador.

- ¿Y qué hace el resto de su tiempo?

- Duermo mucho, me levanto tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, me echo una siesta con mi esposa, me tomo algún vino por las noches y me divierto con mis amigos. Mi vida es tranquila y agradable -contestó el pescador.

- Eso está muy bien -apuntó el banquero, pero queriendo profundizar más en la conversación, empezó a exponerle al pescador su teoría.

- Yo soy banquero, he estudiado en una de las más prestigiosas universidades del mundo, y creo que podría ayudarte. Si inviertes un poco más de tiempo en la pesca, conseguirías más peces, los cuales podrías vender, y poder comprarte un bote más grande. Con ese bote podrías pescar más peces, y con los ingresos podrías comprarte más botes, y podrías tener toda una flota de botes. Si en lugar de vender el pescado a un intermediario lo haces directamente a un distribuidor, no tardarías en convertirte tú mismo en tu propio distribuidor. Podrías controlar la producción, el procesamiento y la distribución del pescado. Podrías salir de este pequeño pueblo, mudarte a la capital y expandir aún más tu empresa.

- ¿Cuánto se tardaría en conseguir todo eso? - preguntó el pescador. - En el mejor de los casos unos 15 años. En el peor, yo creo que entre 20 y 25 años. - ¿Y después qué? -siguió preguntando el hombre de mar...

El banquero se reía a carcajadas.

- Esa es la mejor parte - contestó el banquero

- Aprovecharías el mejor momento del mercado para vender todas tus acciones y tu empresa. Serías inmensamente rico... Millonario!!!!

- ¿Millonario?. ¿Y después qué? siguió inquiriendo el pescador

- Pues, te podrías retirar, mudarte a un pueblecito costero, dormir mucho, pescar un poco, jugar con tus hijos, echarte la siesta con tu mujer, tomarte un vino todas las noches con tus amigos...

El pescador contestó:

- ¿Acaso no es todo eso lo que ahora tengo?

El banquero se quedó cabizbajo pensando en el diferente baremo con el que él y su recién conocido amigo medían la vida y sus valores, y se fue del lugar pensando en darle un giro a su propia existencia, que hasta entonces había sido una lucha continua por tener más, y que le tenía al borde de un colapso emocional.

¡Cuántas vidas se desperdician buscando inútilmente una felicidad que ya poseemos pero que no vemos!. La felicidad verdadera consiste en amar lo que tenemos, sin lamentarnos de lo que nos falta. La felicidad es un trayecto, no un destino.

Jesús nos enseñó que la vida no consiste en las cosas que se tienen, y nos dejó aquella célebre frase:

"¿De qué aprovechará al hombre si consigue muchas cosas en la vida, pero al final pierde su alma?"

Es de una importancia capital dedicar nuestro tiempo y nuestro esfuerzo a aquello que vale la pena, a aquello que trasciende las posesiones, a aquellos aspectos de la vida que refuerzan los lazos afectivos, que nos hace sentirnos en paz con nosotros mismos, con Dios y con los demás, y que nos enseñan a valorar a las personas por encima de las cosas.