Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 4
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

124.000 Rosas
Allá por los años 70, un cantante llamado Lorenzo Santamaría cantaba una canción que hablaba de mandarle rosas a una chica llamada Sandra para que no se fuera de la ciudad. No se si lo consiguió, pero no parece mal método para evitar que nuestro amor se vaya y nos abandone.
El caso es que cuando nuestro amor hace las maletas evidencia que en nuestra relación faltaron muchas rosas y sobraron demasiadas espinas. Seguramente no supimos comunicar nuestro afecto con efecto.
Esto le ha sucedido a un señor iraní con su esposa, la cual ha logrado que un tribunal condene a su marido a comprarle 124.000 rosas. Lo que traducido en dinero es una pasta gansa y florida, incluso en Teherán. La mujer en cuestión estaba hasta el moño de lo avaro que era su marido. No sabemos muchos mas detalles de esta noticia. Puede ser que el juez se haya excedido en la condena, aunque el dueño de la floristería de la esquina está que se sale.
En el fondo no somos muy diferentes a este señor. Muchos somos culpables de avaricia con nuestra media naranja, a la que solemos exprimir hasta la ultima gota. Culpables de egoísmo. Culpables de cruel indiferencia con nuestra princesa que se marchita en la cocina mientras nosotros permanecemos repantigados en el sofá. Si somos culpables. Y nuestra condena también debiera ser comprarle 124.000 rosas a nuestras mujeres. Con sus respectivos 124.000 versos. Y sus 124.000 besos. Al menos, tamaña inversión, conseguiría que fuéramos conscientes todos los días de lo afortunados, tremendamente afortunados que somos de compartir nuestra vida con ellas, nuestras mujeres.
La verdad es que muchos nos merecemos esta condena. La cruda realidad es que una vez concluido el cortejo y celebrada la boda, el hombre se torna en un ser mas áspero, mas monosilábico, incluso a veces menos higiénico. Una vez conseguida la presa, la mujer toma el lugar del jarrón. La reina se convierte en sirvienta. La cenicienta vuelve a sus harapos. El carruaje se convierte en calabaza. El príncipe vuelve a ser sapo.
Pero seamos listos, seamos hombres. Busquemos una palabra bonita, tengamos un gesto bonito. Pongámonos el delantal, empuñemos la fregona con decisión; chico, que no se nos vaya de la ciudad. Que no se nos mude de barrio. Que siempre viva en la calle de la felicidad. Llenemos de rosas sus días. Mandémosle rosas ¡Ya!