Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 5
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Fue sólo por probar
Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque hace ya muchos años que comenzó. Tenía yo apenas 5 ó 6 años cuando en Noche buena me dejaron probar el alcohol de la copa de aguardiente de mi abuela antes de irnos a la Misa del Gallo, a la que los mayores (no sé si por el frío o por simple tradición) se llevaron la botella de anís, junto a otra botella de coñac que llevaba mi tío.
Desde aquel día, poder beber lo que bebían los adultos me hacía sentirme mayor, y cada vez que veía una botella de licor abierta, no perdía la oportunidad de echar un traguito. Así empecé a aprovechar cualquier descuido de la familia para beberme el siempre presente whisky del mueble-bar, que yo pacientemente rellenaba con agua teñida con regaliz, para que no se notase mis constantes asaltos a la botella.
Durante mi adolescencia, beber alcohol fue una forma de socializar, y aún recuerdo aquellas tardes en las que con la excusa de estudiar juntos en casa de un amigo, la pandilla íbamos arrasando todos los "muebles-bar" de nuestros hogares, mezclando bebidas en un festival de cócteles de fin de semana, que nos dejaba después una terrible resaca.
Luego llegaron las dos o tres cervezas después de salir del trabajo con los compañeros de la obra, y muy pronto comenzó también la copa de "ligado" (anís con coñac) en el desayuno, de tal forma que, sin darme cuenta, iba cayendo en una espiral controlada por el alcohol que iba robando mi propia voluntad.
La cosa siguió complicándose cuando me casé y mi mujer descubrió que una buena parte de mi sueldo la gastaba mensualmente en mis copas, con lo cual empezó una vida de peleas continuas, exigiendo yo, además, que en mi mesa hubiese siempre una botella de buen tinto en cada comida, del que yo apuraba hasta la última gota. Seguí engañándome creyendo que podía controlarlo, pero lentamente fui descubriendo que era el alcohol quien en realidad me dominaba a mí.
Un día fui invitado por mi cuñada a una reunión evangélica y tras mucha resistencia acepté ir. Desde que entré en el salón, me parecía como si cada una de las cosas que se decían allí fuesen directamente para mí. Especialmente me impactó las palabras del predicador cuando nos decía que Jesús hizo una invitación en la que dijo: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar". Algo se rompió dentro de mí, apreté con fuerza la mano de mi mujer y empecé a llorar como un niño. ¡Por fin alguien me tendía una mano en mi desesperación sin condenarme por mi dependencia!
En las semanas siguientes, el responsable de la iglesia, con el que he alcanzado un grado de amistad como nunca había logrado con otras personas, me habló de enviarme a un centro de desintoxicación en la costa, para liberarme de mi adicción, y ahora, después de un año de tratamiento y seis años de libertad (aunque con luchas) puedo decir que soy una persona completamente nueva y libre.
Veo la vida de otra manera, valoro mucho más a mi esposa y a mis hijos, a los que tanto daño hice con mis engaños y mi irritabilidad, y descubro con gran alegría el cariño de aquellos que me han ayudado desde entonces en mi congregación.
Ahora, yo también soy de ayuda a otros a través de las reuniones que hacemos para personas adictas al alcohol, y quiero animarte por mi experiencia, amigo o amiga, a que si éste es tu problema, sepas que ¡HAY SALIDA!, que con la ayuda de Dios y el apoyo de gente que te quiere, saldrás igual que yo, y podrás decir, como yo digo ahora. ¡SOY VERDADERAMENTE LIBRE!