Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 10
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Ser como niños
Éramos la única familia en el restaurante con un niño. Yo senté a Daniel en una silla para niños y me di cuenta que todos estaban tranquilos comiendo y charlando. De repente, Daniel pegó un grito fuerte y dijo, "¡Hola amigo!"
Golpeando la mesa con sus gorditas manos, sus ojos estaban bien abiertos por la admiración y su boca mostraba todos sus dientes. Se reía muy alegremente y se retorcía de risa. Yo miré alrededor, para ver si descubría la razón de su regocijo.
Era un hombre andrajoso con un abrigo en su hombro; sucio, grasiento y roto. Sus pantalones eran anchos y la cremallera abierta hasta la mitad y sus dedos se asomaban a través de lo que un día fueron unos zapatos. Su camisa estaba sucia y su cabello no había visto un peine desde hacía mucho tiempo. Era bajito y su nariz tenía tantas venitas rojas que parecía un mapa.
Estábamos un poco lejos de él para saber si olía, pero seguro que olía mal. Sus manos comenzaron a menearse para saludar: "Hola pequeñín, ¿como estás muchachote?" le dijo el hombre a Daniel.
Mi esposa y yo nos miramos, ¿Que hacemos? Daniel continuó riéndose y contestó: "Hola, hola amigo."
Todos en el restaurante nos miraron y luego miraron al pordiosero. El viejo sucio estaba incomodando a nuestro hermoso hijo.
Nos trajeron nuestra comida y el hombre comenzó a hablarle a nuestro hijo como un bebé, nadie creía que era simpático lo que el hombre estaba haciendo. Obviamente estaba borracho. Mi esposa y yo estábamos avergonzados.
Comimos en silencio, menos Daniel que estaba super inquieto y mostrando todo su repertorio de gestos y risas al pordiosero, quien le contestaba con sus niñadas.
Finalmente terminamos de comer y nos dirigimos hacia la puerta. Mi esposa fue a pagar la cuenta y le dije que nos encontraríamos en el estacionamiento.
El viejo se encontraba muy cerca de la puerta de salida, así que, en silencio, oré: "Dios mío, ayúdame a salir de aquí antes de que este loco le hable a Daniel" mientras caminaba cercano al hombre. Le di un poco la espalda, tratando de salir sin respirar ni un poquito del aire que él pudiera estar respirando. Mientras yo hacía esto, Daniel se volvió rápidamente en dirección hacia donde estaba el viejo y puso sus brazos en posición de "cógeme."
Antes de que yo se lo impidiera, Daniel se abalanzó desde mis brazos hacia los brazos del hombre.
Rápidamente el muy oloroso viejo y el joven niño consumaron su relación amorosa. Daniel en un acto de total confianza, amor y sumisión recostó su cabeza sobre el hombro del pordiosero.
El hombre cerró sus ojos y pude ver lágrimas corriendo por sus mejillas. Sus viejas y maltratadas manos llenas de cicatrices, dolor y duro trabajo, suave, muy suavemente, acariciaban la espalda de Daniel.
Nunca dos seres se habían amado tan profundamente en tan poco tiempo. Yo me detuve aterrado.
El viejo hombre se meció con Daniel en sus brazos por un momento, luego abrió sus ojos y me miró directamente a los míos. Me dijo con voz fuerte y segura: "Usted cuide a este niño."
De alguna manera le conteste "Así lo haré" con un inmenso nudo en mi garganta.
Él separó a Daniel de su pecho lentamente, como si le doliera, y me lo entregó. Recibí a mi niño, y el viejo hombre me dijo: "Dios le bendiga, señor. Usted me ha dado hoy un hermoso regalo".
No pude decir más que unas entrecortadas gracias. Con Daniel en mis brazos, caminé rápidamente hacia el coche. Mi esposa se preguntaba por qué estaba llorando y sosteniendo a Daniel tan apretadamente, y por qué yo estaba diciendo: "Dios mío, Dios mío, perdóname."
Yo acababa de presenciar el amor de Cristo a través de la inocencia de un pequeño niño que no vio pecado, que no hizo ningún juicio; un niño que vio un alma y unos padres que vieron solamente un montón de ropa sucia.
Yo fui un cristiano ciego, con un niño en brazos que todavía no lo era.
Me sentí como si Dios me estuviese preguntando: "¿Estás dispuesto a compartir tu hijo por un momento?" cuando El compartió a su Hijo conmigo por toda la eternidad.
El viejo andrajoso, inconscientemente, me recordó aquellas palabras que dicen:
"De cierto os digo, que el que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él" (Marcos 10:15).