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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 2

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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¡Las rebajas abren sus puertas!

Ella da gracias, en primer lugar, al dios tiempo por hacerlo puntualmente en estas fechas. Nada más cruzar el primer umbral, rebusca ansiosa su talla entre las perchas. ¡Ahí está! Consigue, por fin, seis prendas. Unas le gustan más que otras. No importa, si llevan el 50% de descuento...

Guarda cola para entrar al probador. Parece que el aire acondicionado no funciona. La temperatura ha subido de tal forma... ¿O será la adrenalina que se manifiesta en pequeñas gotas de sudor...? Le llega el turno.

Es todo un ritual comprar en las rebajas. Lo sabe de memoria. La señorita que está a cargo de los probadores le dice que sólo puede entrar tres prendas. Las elige nerviosa. Ve como las otras tres caen sobre un montón que espera en el suelo ser colocadas de nuevo, en los estantes. Nuestra protagonista le pide, casi ruega llorando, que por favor, se las deje entrar. Se miran fijamente a los ojos. Las pupilas se amenazan. Ella, a su vez, cruza los dedos. "Las normas son las normas", es la respuesta. Ponerle ilusión a la vida tiene sus dados particulares, y sus reglas.

Entra. "¿Qué poder tendrán estos espejos que me hacen creer que todo me cae divinamente?", dice sonriente mientras se prueba. Un guiño y... "Me las quedo". Acaba de colarse en la cabina el dios de la opulencia sin que ella se dé cuenta.

Sale con las prendas sobre el brazo, y rebusca en el suelo las tres que faltan para llenar su agujero interno. ¡Ya no están! Respira hondo. No más ataques de ansiedad, pide jadeante al dios de la inoportunidad. Acude irritada a los percheros. Logra alcanzar una de ellas antes de que la señora de rojo la descuelgue. La mira con descaro. "¡Es mía! ¡Esto es la guerra!", piensa, "y no precisamente la de los precios, sino la de gastar por divertimento. Voy a ganarla", sentencia.

Por fin, ve asomar la manga malva de la blusa que le falta. Corre. ¡Ya es suya! No puede regresar al probador a hacer la cola, volverían a exigirle que entrara solo con tres. Sabe la historia. Necesita amparo. Se acerca al primer espejo que encuentra. "¡Visto bueno!" Las paga todas con la intención de recrearse mejor en casa, con ellas puestas. Guarda el ticket como oro en paño en su monedero. Sale triunfante por la puerta grande de las ventas. Ha salvado el día. Echa una mirada al interior y murmura con sorna "Ahí os quedáis, seguid buscando".

No puede cargar con tanto peso. Toma un taxi. El dios comodidad también merece ser honrado en estas fechas.

Entrando en casa se da cuenta que en periodos de rebajas se vuelve agresiva, egoísta... hasta indecorosa, pero no importa. Está agotada. Sin embargo, continúa con la sonrisa puesta para no enfadar al dios de la apariencia. Suelta las bolsas en el butacón de la sala, y va directamente a la cocina. Pone a hervir un poco de agua para la infusión laxante ofrecida en honor al dios dieta. No piensa cenar esta noche, ni mañana, ni pasado... NUNCA. Una hora después, al salir de la ducha, descansa todo su peso sobre el dios báscula. El invierno casi le hace subir de talla.

Es el tiempo en el que el dios de las rebajas hace su agosto. Dentro de unos días, cuando en el presupuesto mensual haya una fosa, ella acudirá al dios Banco, de rodillas, para confesarle sus problemas. Hará una oración comprometida si le concede su deseo.

Ha entrado en el verano arrimándose al dios que más calienta. Y llegará a final de año saltando de dios en dios, como de oca en oca.

¡Cuántas personas nos preocupamos de derrochar, en cosas vanas, nuestro presupuesto material, sin pararnos a pensar en qué estamos malgastándonos la vida! Nuestra única vida. Necesitamos llenar los armarios de casa, y no caemos en la cuenta de que lo que verdaderamente precisamos es llenar el "almario" de nuestra vida, de manera que nunca más quede incompleto.

Es en Dios en lo único que vale la pena gastar, y no precisamente dinero, sino fe. Fe que Él mismo pone en nuestro monedero espiritual, y que irá aumentando a medida que tú, y yo, se la pidamos. Y no porque tú y yo lo valgamos, sino porque el Señor es tan grande que Él sólo vale por todo.

Ojalá tuviésemos entendimiento suficiente para estar cada mañana, cada tarde, y cada noche ante su puerta. Para recibir su salvación no tenemos que hacer cola.

Ante su presencia podemos desnudarnos, porque Él nos viste con sus prendas. El Señor es el único que sabe y puede vestir nuestra desnudez, nuestro vacío.

No apliquemos el juego de la oca a nuestra vida. Es tan valiosa... Vayamos a Dios y quedémonos en Dios. Él es el único. La única respuesta. No tardes. Sus brazos están abiertos.