Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 6
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Complejo de inferioridad
Marta era una persona triste, muy triste, algo huraña y con una fama de "borde" entre los compañeros de Hospital, que la precedía a todas partes.
Siendo la última de cinco hermanos y criada en un estricto entorno machista (en el que ella como mujer debía ser la sirvienta de sus cuatro hermanos varones), siempre sintió que no valía nada, que no era importante para nadie. Su padre le repetía continuamente que era una inútil y que hubiera deseado otro hijo varón en lugar de ella.
En su casa saltaron chispas la noche en que, después de servir la sopa a sus padres y sus hermanos, se sentó a la mesa y haciendo acopio del poco valor que tenía, dijo en voz alta: "¡He decidido que quiero estudiar Medicina!".
Las caras de todos se volvieron hacia ella, no dando crédito a lo que acababan de escuchar, y un coro de carcajadas llenó la casa. Jorge, el hermano mayor, tomó la palabra y dirigiéndose a ella en tono paternalista le dijo: "Venga Mantita" (sus hermanos la llamaban desde pequeña "Manta" en lugar de "Marta" porque creían que servía para poco, y porque además era friolera y en invierno siempre se cubría hasta el cuello con la manta de la mesa de camilla) "¡Déjate de tonterías! Tú no sirves para estudiar!, y además fíjate en nosotros. Ninguno hemos estudiado pero todos tenemos trabajo y ayudamos en la casa...". Antonio, el segundo hermano la espetó de mala manera: "Lo que tienes que hacer es buscarte un novio pronto...".
Marta, rabiosa, temblorosa y a punto de llorar, se armó de fuerzas y soltando la cuchara contra el plato para que sonara, gritó, apretando los puños: "¡He dicho que quiero estudiar y voy a ser médico!" , y luego salió corriendo a su cuarto a desahogar su sentimiento de rechazo e incomprensión.
Pero, Marta estudió y estudió bien, para asombro de sus padres y hermanos y fue progresando hasta que unos años más tarde, ante un paraninfo de la Universidad repleto y su atónita familia, recibió del Rector y sus profesores el título de doctora en Medicina General.
A Marta, todo le costó mucho, nadie le regaló nada, pero a pesar de que iba consiguiendo situarse, su corazón herido por tanta injusticia la convirtió en una mujer seca, intransigente con los demás, desconfiada de todos (especialmente de los hombres) y distante, muy distante...
Pero, últimamente, algo estaba cambiando en ella. Una de sus amigas (de las pocas que conservaba de la Facultad), Paqui, que también había sido una mujer amargada y cargada de complejos y resentimientos, había cambiado mucho. Ahora era una mujer alegre, llena de vitalidad y con un deseo profundo de hacer el bien, que mostraba hacia todos un tacto y un cariño especiales. La razón, según Paqui, es que se había convertido a Cristo. Su vida había cambiado por completo y ahora se congregaba en una iglesia cristiana evangélica, a la que invitó a Marta, aunque ésta todavía no la había visitado.
La última vez que se vieron para tomar café, se rieron mucho y hablaron de ellas y de sus frustraciones y lo dura que les había sido la vida como mujeres, y Paqui le dejó un compact con unas canciones cristianas pidiéndole que prestase especial atención a la que se llamaba "Complejo de Inferioridad".
Así que, aquél día, después de su turno en el Hospital y tras darse un baño caliente, Marta se dispuso a escuchar la canción que tanto bien le había hecho a su amiga, con una infusión de té con naranja en su taza.
Con un ritmo machacón al estilo "Mecano" una chica joven con voz aguda cantaba lo siguiente:
Menos que la blanca doble, como el último en la fila, menos que un cero a la izquierda, así me sentía yo. Cara a cara no miraba, la vista no levantaba, mi complejo era superior...
Pero llegó el Señor y mi vida transformó, cambió mis conceptos y mi mente renovó, ahora sé que valgo algo soy valiosa para él, ha quitado mis complejos y en mi vida ha puesto fe.
Con "la pálida" a cuestas y "la depre" siempre puesta, de continuo en gris vivía yo. Todo era negativo, mi vida era sin sentido, nadie en quien confiar, ni solución...
Pero llegó el Señor y mi vida transformó, cambió mis conceptos y mi mente renovó, y ahora es todo muy distinto, todo ha tomado color; la vida es muy diferente, ahora creo en el amor.
Mientras oía la canción, Marta, que se iba identificando más y más con la chica que contaba su triste historia, iba haciendo suya cada línea de cada estrofa, y cuando llegó al estribillo no pudo más y rompió a llorar, sintiendo que por primera vez descubría que para Dios era una mujer valiosa (no por ser médico, sino porque Él la amaba y había dado a su Hijo por ella).
Entendió que podía dejar atrás todos sus años de tristeza, sus heridas de la infancia y empezar una nueva vida, una verdadera vida nueva cargada de esperanza y llena de alegría y empezar también a descubrir el amor de los otros, y también empezar a dar cariño hacia los demás.