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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 2

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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Cura para el descontento

La vida es injustamente desequilibrada. No todos nacemos en las mismas circunstancias. No todos partimos de la línea de salida en las mismas condiciones. En la vida práctica y cotidiana la igualdad de oportunidades no existe.

Algunos traen un pan bajo el brazo y otros toda una panadería. Algunos nadan en la abundancia y otros muchos nadan en el estrecho y se ahogan.

Los que vivimos en esta sociedad occidental, en este país o en otros países del entorno, en general formamos parte de los seres afortunados del planeta. Hemos salido en las mejores condiciones, con una clara ventaja respecto al resto, y sin embargo el descontento es algo que aprendemos pronto, nada más salir de la niñez. Incluso hoy en día es fácil encontrar niños descontentos tremendamente aburridos de su nueva videoconsola.

El descontento es una raíz amarga cada vez más frecuente en esta sociedad de consumo; arraiga en nuestros corazones y nos hace maldecir nuestra suerte, odiar nuestro trabajo, detestar a nuestro cónyuge y menospreciar nuestro talento. El descontento nos convierte en repulsivos niños grandes, con el armario repleto de juguetes, pero vacíos de ilusiones. Egoístas hasta el tuétano, nos quejamos de todo y en todo momento.

El descontento fácilmente nos lleva por la calle de la amargura, que es una callejuela estrecha e inmunda con muchos socavones. Si te encuentras en ese lugar físico poco recomendable te sugerimos que cambies de barrio lo más rápidamente posible. Te recomendamos que te des una vuelta por la "Plaza de la gratitud" o por la "Calle de la esperanza" o por la "Avenida de la compasión".

Jesús dijo que la vida no consistía en la abundancia de bienes. Pero nosotros erre que erre, le hacemos más bien poco caso y seguimos llenando el carrito de la compra a ver si así, por casualidad, nos sentimos más vivos... pero nada, ni por esas...

Jesús dijo que dar es más gratificante que recibir. Pues, como el que oye llover... tampoco nos lo creemos y siempre tenemos las manos dispuestas a pillar el trozo más grande de la tarta. Y así vivimos, pegando bocados, tremendamente descontentos de nuestra suerte, envidiando el coche del vecino, o la casa del vecino, o el trabajo del vecino, o la mujer del vecino.

Yo te propongo que si andas por esos andurriales de amargura no hagas caso de esos psicólogos baratos que te dicen que te vayas al centro comercial y que pases una tarde de compra compulsiva y autogratificante. Lo único que conseguirá es tener menos dinero y más objetos que colocar en tu armario.

Si de verdad quieres arrancar esa planta venenosa de tu corazón, tendrás que acudir al médico divino. Porque el descontento es una enfermedad del alma, un enfoque incorrecto de nuestro corazón, y no se cura con superficialidades ni baratijas.

La Biblia dice: "sean nuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora, porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré"

El contentamiento no significa conformismo borreguil, sino un reconocimiento de todo lo bueno que nos rodea, de todo lo bueno que hay en nosotros.

La cura para el descontento es poner nuestros ojos en Jesucristo, el cual siendo rey de reyes nació en un establo y trabajó humildemente de carpintero en una aldea perdida. Rechazado por muchos, fue cruelmente azotado y muerto como el peor de los criminales. Sin embargo sus labios no profirieron ninguna queja, de su boca no salió ninguna maldición.

No importa las circunstancias de tu vida, lo que más importa es cómo las afrontas tú y cómo dejas que éstas te afecten.

Jesús dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis reposo para vuestras almas" La clave, pues, está en aprender a seguir sus huellas, a reproducir sus comportamientos, sus actitudes, y ser capaces de aceptar los retos con los que la vida nos enfrenta. Porque en medio de nuestras situaciones personales podemos elevar nuestros ojos y fijarlos en Jesucristo. Sus promesas para nuestras vidas son muy valiosas en los tiempos de soledad que corren, porque él ha declarado que nunca nos va a defraudar. Él nunca nos va a desamparar, ni nunca nos va a dejar.