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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 3

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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Carta a los hombres buenos

El mayor pecado de esta sociedad en la que vivimos no es la injusticia, no es la codicia, no es el materialismo ni siquiera la falta de propósito. El mayor pecado, aquello que más nos condenará delante de Dios, será nuestra indiferencia. El pecado más común, ese que cometemos diariamente, es el pecado de omisión, que consiste en volver la cabeza hacia el lado contrario y acelerar el paso cada vez que presentimos un conflicto.

Hemos aprendido a ser indiferentes. Es decir, taponarse los oídos, cubrirnos los ojos, cerrar nuestras bocas y esconder la cabeza en la arena. Nos hemos acostumbrados a ser espectadores acomodados en el sofá, y no estamos dispuestos a que nos salpique la sangre de nadie ni los problemas de nadie. Preferimos que nuestros héroes virtuales de la gran pantalla liquiden a los enemigos, mientras nosotros estamos confiados y tranquilos en la quietud de nuestro salón.

El mundo puede destrozarse por momentos, pero no somos capaces de levantar un dedo, ni alzar siquiera un hilo de voz. Delegamos en el político de turno y nos olvidamos del asunto.

Nos quejamos de lo mal que va el mundo pero no estamos dispuestos a perder nuestro tiempo en resolver los asuntos de los demás. Somos como aquellos de los que habló Jesús en la famosa parábola del buen samaritano. La gente más respetable de la sociedad pasó ante aquel hombre malherido y dice el relato, que viéndole, pasaron de largo.

Nosotros no podemos alegar ignorancia. Tenemos toda la información a nuestra disposición, pero viéndola, pasamos de largo. Mejor dicho, cambiamos de canal. Enroscados en nuestro egocentrismo solo estamos dispuestos a reaccionar cuando vemos que la sangre toca nuestra puerta y salpica a los nuestros.

Como ratas, vamos directos al precipicio siguiendo la melodía de Hamelin sin plantearnos un cambio de dirección.

Nos consideramos gente buena y respetable, que no hacemos daño al prójimo, pero olvidamos que la indiferencia esta hermanada con la maldad.

Alguien dijo que para que la maldad prevalezca solo es necesario que los hombres buenos no hagan nada.

Alguien dijo que la mayor atrocidad es el silencio de la gente buena. El silencio nos hace cómplices. El exterminio de seis millones de judíos fue gracias al silencio cómplice de mucha gente buena.

El que cada día, miles de niños mueran de hambre es gracias al silencio indiferente de mucha gente buena. La indiferencia es hermana de la maldad. Pasar al lado de un ser humano en debilidad y no sostenerlo, nos convierte en culpables.

Dejar morir al indefenso nos convierte en asesinos. Podemos alegar en nuestra defensa que teníamos excesiva prisa y que nos pilló en un mal momento. Pero nosotros sabemos que no estamos haciendo bien.

Estamos asistiendo al derrumbe moral de la sociedad como el que contempla la demolición de un edificio extraño. No entendemos que este edificio, es el edificio donde vivimos y que los cascotes nos van a enterrar. Permanecemos absortos ante nuestro televisor sin darnos cuenta de la grieta enorme que apareció en el salón. Estamos preocupados por la salud de nuestros cuerpos y olvidamos que nuestra alma muere de indiferencia.

Al escribir este articulo pienso en los profetas de la Biblia. Eran hombres que arriesgaban su vida por declarar la verdad. Muchos de ellos fueron desterrados, encarcelados y ejecutados. Un profeta moderno fue Martin Luther King, que luchó contra la segregación racial. Dijo lo siguiente: "Estoy hondamente disgustado con la Iglesia de los blancos, salvo honrosas excepciones. Es doloroso ver cómo no hemos encontrado respaldo en nuestra justa lucha, sino crítica y oposición. Por eso, al ver los hermosos templos de ciertas ciudades, me preguntaba ¿qué clase de gente ora aquí? ¿Quién es su Dios? Amo a la iglesia pero no entiendo su silencio cómplice."

Me asusta formar parte de una iglesia muda, sorda y ciega.

Me asustar formar parte de esos millones de hombres buenos que no levantan un solo dedo ni alzan su voz.

Si queremos marcar la diferencia, tendremos que matar la indiferencia.