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Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 1

Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

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¿Sabías que Henry Dunant el creador de la Cruz Roja era evangélico?

No ha de extrañarnos que, buena parte de la generación presente sea incapaz de reconocer y valorar las huellas del cristianismo en los caminos de la civilización y el progreso de Occidente, huellas profundas y nítidas con nombres y apellidos: las de los millares de hombres y mujeres que, inspirados por su fe y su amor a Jesucristo, lucharon por defender el valor y la dignidad de la vida humana y trabajaron por la salud, el bienestar, la paz y el progreso social de los pueblos.

Algunas de esas huellas pertenecen a Henry Dunant, un nombre que hoy dice muy poco para la mayoría de nuestros contemporáneos, pero que está indeleblemente asociado a uno de los iconos más fácilmente reconocibles en todo el mundo: una cruz roja, con la base truncada, sobre un fondo blanco; el símbolo de la Cruz Roja Internacional.

Jean Henry Dunant (n. Ginebra, 8 de mayo de 1828 - Heiden, Appenzell, 30 de octubre de 1910). Filántropo suizo, fundador de la Cruz Roja Internacional. Fue el primero de cinco hijos de una rica y considerada familia de Ginebra. En 1853 comenzó a trabajar en un banco de la ciudad, estando convencido de que tenía el deber religioso de usar su capacidad para triunfar en los negocios y poder así usar ese talento y riqueza en favor de los más necesitados.

En 1859, mientras intentaba reunirse con Napoleón III para exponerle los problemas de sus negocios en Argelia, contempló el campo de batalla de Solferino después del enfrentamiento de los ejércitos austriaco y franco-piamontés que combatían en la guerra de unificación italiana; impresionado por aquel espectáculo de horror y por la ineficacia de los servicios sanitarios de la época, escribió "Un recuerdo de Solferino", libro que publicaría en 1862.

Desde entonces se lanzó a una campaña de sensibilización de los gobiernos y la opinión pública acerca de los sufrimientos de los heridos de guerra, luchando por mitigar las consecuencias humanas de los enfrentamientos bélicos, ya que no era posible acabar con ellos. Fruto de sus esfuerzos fueron la fundación de un servicio sanitario neutral para actuar en los campos de batalla -la Cruz Roja Internacional (1863)- y la reunión de la conferencia internacional que adoptó la Convención de Ginebra sobre heridos de guerra (1864) junto con representantes de 17 países. La dedicación a esta causa humanitaria le llevó a descuidar sus negocios, quedando totalmente arruinado en 1867; tras unos años de gloria pasajera, hubo de dimitir como presidente de la Cruz Roja y abandonar temporalmente Suiza perseguido por sus deudores. Halló refugio en la Francia del Segundo Imperio, cuyo titular -Napoleón III- le prestó apoyo incluso después de ser derrocado y exiliarse en Inglaterra. En 1887 regresó a Suiza para ser tratado de múltiples enfermedades, viviendo recluido en un sanatorio hasta su muerte. Olvidado prácticamente por todos, en la última década del siglo varios amigos reivindicaron su figura, que vio reconocida públicamente su labor con la concesión del primer Premio Nobel de la Paz en 1901 junto con Frédéric Passy.

Los siguientes son unos breves párrafos extraídos de "Un recuerdo de Solferino", el dramático testimonio de Henry Dunant, que publicaría en 1862: "... He aquí el largo cortejo de vehículos de Intendencia, cargados de soldados... llenos de sangre, extenuados, cubiertos de harapos y de polvo; después, mulos que llegan al trote, y cuya carrera arranca, cada instante, agudos gritos a los desdichados heridos que transportan. La pierna de uno está rota y parece estar desprendida de su cuerpo; cada tumbo de la carreta que lo lleva le causa nuevos sufrimientos. Otro tiene un brazo partido y, con el que le queda, sostiene y protege el miembro fracturado... ¡cuánta agonía, cuánto sufrimiento! Las heridas, agravadas por el calor, por el polvo, por la falta de agua y de asistencia, causan más intensos dolores; a pesar de los encomiables esfuerzos de Intendencia para mantener en buen estado los locales transformados en ambulancias, mefíticas emanaciones vician el aire, y el insuficiente número de ayudantes, de enfermeros y de sirvientes se hace sentir agudamente..."

Que el proyecto de Dunant se inspira en su fe cristiana queda patente, no sólo por su testimonio escrito, sino por el carácter que imprimió a la institución desde sus orígenes.

Recientemente, las principales televisiones europeas patrocinaron la producción de una película sobre la creación de la Cruz Roja en la que exaltaban la figura de Henry Dunant como la de "un héroe moderno". La película, que se estrenó en mayo de 2006, subraya la gran humanidad del creador de la Cruz Roja pero silencia, de forma evidente, toda referencia a lo que era el leit-motiv de su vida: su profunda fe cristiana.

Sin embargo, las huellas de Dunant son como las de aquellos pies "...que anuncian buenas nuevas...", que evocara el antiguo profeta Isaías. Huellas que pueden apreciarse de forma nítida, y que, de una manera u otra, han inspirado a otros muchos ministerios de compasión cristiana, en todo el mundo.