Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 4
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

El mensaje dio su fruto
Hacía 15 años que Shirahige, una niña japonesa, había enviado, junto con sus compañeras de clase, una carta en una botella al mar con el mensaje de felicitación a quien la encontrara y la petición de que se la devolviera. Sucedió durante la celebración del 120 aniversario del colegio.
Las profesoras propusieron la actividad e hicieron posible que se llevara a cabo. Realmente fueron ellas las mensajeras indirectas de aquellos escritos guardados en globos de colores. Shirahige tenía entonces 6 años.
Aquella niña, con el paso del tiempo, se había olvidado por completo de lo que ocurrió ese día. Sin embargo, ajena a su falta de memoria, la carta seguía en el mar. Su petición seguía vigente. Su búsqueda continuaba. Su semilla estaba germinando, a punto de dar fruto después de tanto tiempo.
Un rodaballo había tomado el testigo de su deseo y lo fue transportando, contra viento y marea, de un lugar a otro buscando algún destinatario. El pez, en el empeño de complacer a la niña, hoy mujer de 21 años, no se rindió.
Un pescador por fin encontró el mensaje, ¿o fue el pez quién encontró al pescador de peces oportuno para entregárselo? No sabemos.
Pero es seguro que ese hombre era alguien que no buscaba lo que encontró, sino alguien que buscaba el sustento, su venta del día..., y encontró mucho más: un regalo sorpresa. ¿Sería un buscador de mensajes extraordinarios? No sabemos.
Todo se ha hecho realidad. Lo que parecía imposible se ha cumplido. ¿Por qué la carta ha tardado 15 años en ser encontrada? No sabemos.
¿Por qué ese día precisamente? No sabemos.
¿Por qué en ese lugar? No sabemos. ¿Por qué ese hombre? No sabemos.
Lo que sí sabemos es que, nada pasa desapercibido. Nada es en vano.
La noticia que comento me lleva, cómo no, al mensaje de nuestro Señor que, resistente a cualquier controversia, sigue en vigor, navegando por el mar de la vida desde el principio mismo de los tiempos buscando destinatarios.
Aquel mensajero con un distintivo rojo diferente a los de su estirpe, llamó la atención del pescador.
Nosotros, los creyentes, los que mostramos orgullosamente como símbolo de nuestra fe la silueta del pez, somos invitados especiales para llevar las Buenas Nuevas, aunque, como al rodaballo, esta misión nos llegue a costar la vida.