Revista cristiana: "Mientras esperas" - Número 6
Un mensaje de ánimo y esperanza para tiempos difíciles

Conociendo a los evangélicos - Inicios de la Reforma Protestante en España
Aunque ya habían existido algunos cristianos en España, desde los siglos XI al XV, que entendían la necesidad de un retorno a las raíces evangélicas (de las que la Iglesia Católica, en su pugna por el poder mundano, se había ido desviando), muchos de ellos murieron por defender su fe y en este apartado hablaremos de cómo penetró en España la Reforma protestante.
Muchos historiadores coinciden en afirmar que la introducción de las doctrinas protestantes (a las que en aquella época se denominaban "luteranas") en nuestro país, fue fruto del trasiego de material escrito que los nobles españoles que acompañaban al emperador Carlos V en sus encuentros con los protestantes europeos traían a su vuelta a España, y no solamente volvían con los escritos sino que también muchos abrazaron la fe protestante que habían ido a combatir.
Tal es así, que el historiador católico González de Illescas escribió en su Historia Pontifical lo siguiente: "... por aquellos días las cárceles, los cadalsos y las hogueras se habían poblado de personajes ilustres muy aventajados en letras y virtud, y que eran tantos y tales que llegó a creerse: "si dos o tres meses más se hubiera tardado en remediar este daño, se abrasara toda España"...La causa de todo esto y muchos otros males era la inclinación que nuestros príncipes católicos sentían por Alemania, Inglaterra y otros países fuera del palio de la Iglesia, que les inducía a enviar hombres eruditos y predicadores de España a esos lugares, con la esperanza de que por medio de sus sermones, podrían hacerles volver al sendero de la verdad. Pero desgraciadamente...algunos de aquellos que fueron al extranjero para llevar la luz a otros... siguieron el ejemplo de los herejes con quienes habían contendido".
Evangélicos importantes de esa época fueron los conquenses Juan de Valdés y Constantino Ponce de la Fuente. El primero de ellos huyó a Ginebra (al ser perseguido por la Inquisición) donde compuso varias obras teológicas importantes. El segundo fue capellán personal de Carlos V. El burgalés Francisco de Encina y Juan Pérez de Pineda, que tradujo el Nuevo Testamento al castellano (basándose en las traducciones anteriores de Francisco de Encina y Juan de Valdés, ya que hasta entonces sólo se podía leer en latín) y Julián Hernández (Julianillo) que distribuyó por toda España los escritos de la Reforma y el Nuevo Testamento en español.
Otros insignes evangélicos de ese tiempo fueron, tal y como los recoge el historiador evangélico Gabino Fernández Campos, Juan Gil, conocido como el Dr. Egidio que fue canónigo de la catedral de Sevilla, así como Hernán Ruiz de Hojeda; D. Juan Ponce de León; Doña Catalina Sarmiento; María Bohórquez; Doña María y Doña Luisa de Manuel, y muchos otros de los que se silenciaron sus nombres en las actas inquisitoriales.
Según los datos históricos, la fe evangélica arraigó profundamente en Valladolid (que entonces era la capital del Imperio, antes de que Felipe II la trasladase a Madrid) y resto de Castilla, así como en Sevilla, que fue tenida por muchos como el principal foco del protestantismo en el siglo XVI. Esto lo dice un historiador que perteneció a la Inquisición, cuyo nombre es Juan Antonio Llorente:
"En Valladolid, como en Sevilla, la doctrina reformada penetró en los monasterios, fue abrazada por una gran parte de las monjas de Santa Clara y de la Orden Cisterciense de Belén; y ganó convertidas entre las devotas mujeres que en España llaman beatas... Las doctrinas protestantes se esparcieron en todas direcciones alrededor de Valladolid. Había convertidos en casi todos los pueblos y en muchas de las aldeas del antiguo reino de León".
Los historiadores coinciden en afirmar que Julián Hernández escogió el Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla), como su almacén de libros prohibidos y Nuevos Testamentos en castellano, lo que evidentemente no hubiera sido posible si los monjes jerónimos de la orden no comulgaran con los escritos que allí se almacenaban, empezando por el Prior García Arias, que cuando fue detenido por la Inquisición pasó cinco años en los calabozos del Castillo de Triana.
Ante el acoso continuo de la Inquisición en Sevilla, podemos saber que doce monjes jerónimos de San Isidoro consiguieron escapar de España y al año siguiente se reunieron en Ginebra, que junto con Inglaterra, se había convertido en los refugios de los protestantes perseguidos por la "Santa" Inquisición. Otros fueron condenados en el Auto de fe de Septiembre de 1559 en Sevilla, donde se relatan los terribles tormentos que aquellos cristianos sinceros padecieron por defender la fe evangélica que a muchos les costó la vida, por pensar diferente a la Religión oficial.
Dos de esos monjes eran Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, los cuales, deseando que los españoles pudiéramos tener la Biblia completa en castellano, se propusieron como su principal tara realizar la traducción desde los originales hebreos y griegos, completándola en 1569.
En la traducción, conocida como Biblia del Oso, se veía en su portada un oso atrapando un panal de miel, que era comparado con la Palabra de Dios. Esta traducción a la que Menéndez y Pelayo alaba diciendo: "Como hecha en el mejor tiempo de la lengua castellana, excede mucho bajo tal aspecto a la moderna de Torres-Amat y a la desdichadísima del padre Scio...", y es considerada hoy en día como una joya de la literatura del Siglo de Oro español.